Como si la experiencia no existiese, los dramas protagonizados por el fuego y la pólvora se repiten Navidad tras Navidad. Es la razón para ser reiterativos en ésta, la página institucional de la Fundación Amigos del Planeta, al tiempo que los dramas humanos y sociales producidos por el manejo del fuego y la pólvora en estas fechas de “felicidad”, se repiten.

Digamos en primer lugar que un atavismo asumido como cultura –cultura popular- animada por mitos y leyendas religiosas o míticas, ahora al servicio del consumo mercantil, avivan irresponsablemente el uso y el manejo del fuego y los fuegos artificiales para celebrar asuntos religiosos. Porque es un hecho evidente que tal diversión hace parte ahora del mercado y el consumo que entrega irresponsablemente el manejo de artilugios incendiarios a empíricos que los fabrican y a niños y adultos que ignorando sus peligros, los manipulan.

El culto al fuego, promovido en tiempos remotos como símbolo de la sabiduría (el mito de Prometeo encadenado, el portador del fuego o la sabiduría, para liberar al hombre de la potestad tiránica de los dioses en la Grecia antigua), es el punto de partida de la admiración fascinante al fuego y el culto a sus fenómenos, que trasciende a tiempos y regiones del orbe que habitamos. Con el tiempo, credos y tradiciones lo extrañaron de sus ámbitos religiosos para convertirlo en diversión popular. Los chinos de la antigüedad lo transformaron en diversión, en espectáculo artístico y hasta poético con el juego de formas, luces y colores que es el origen del arte-ciencia llamado “pirotecnia”. Finalmente, el consumismo, la sociedad del consumo lo convirtió en mercancía, libre en su fabricación, comercio y usos, y ajeno a todo tipo de controles.

Así las cosas, inundó los mercados y en ellos, produjo y siguen produciendo muerte, dramas físicos y humanos hasta del punto de ser hoy en día un atentado a la salud pública y al bienestar social, como se comprueba con la repetición creciente de desastres y catástrofes que se repiten a diario por estos días; no solamente para la vida humana, sus obras y bienes sino para la vida misma: la de las aguas, las de la vida de la fauna y la flora,, en el campo y la ciudad.

El Estado a menudo es cómplice de las conductas dañosas a que hacemos referencia; una actitud complaciente y permisiva otorga “el derecho” a que cualquiera – niño o empírico manipule la pólvora por mera diversión audaz y agresiva. Al lado de las prohibiciones y consejos a que se limita su acción pública, el Estado por omisión se convierte en cómplice de los daños a la salud pública, las muertes y mutilaciones humanas, a la crisis ambiental por corrupción del aire y el ruido, los incendios forestales, la vida de los animales domésticos, mascotas o de la fauna.

En un Estado conductor, previsor, educador, esta ciencia pirotécnica, aplicada al espectáculo público, debiera ser fruto de una educación integral, de aprendizajes de control académico debidamente autorizado y rigurosamente vigilado por autoridades idóneas; prohibido en su manipulación, fabricación y comercio a particulares y menores de edad, presentado en espacios públicos seguros y vigilados por gentes calificadas y responsables.


«En el tema de la pólvora, el arte y oficio de la pirotecnia, casi todo está por hacer«

Fuente: Fundación Amigos del Planeta S.H.

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