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No es la primera vez que abordamos el tema de las riñas de gallos, afición arraigada en el país desde tiempos coloniales.
Esta funesta afición heredada de España mezcla los juegos de azar con la vida y la muerte de las aves, convertidas en sangrientos escenarios, en objetos de diversión, negocio y crimen. No han valido los esfuerzos legislativos y el clamor ciudadano para cerrarle la puerta a estos demenciales espectáculos; la ley general que protege a los animales, prohíbe expresamente someterlos a maltrato y sacrificio inútil y se sanciona a quienes lo lleven acabo, pero, como en otros temas (Caza, Toreo), excepciona las riñas de gallos con el flaco argumento de tratarse de tradiciones culturales.

Una valerosa tarea emprendida por la Concejal de Bogotá, Andrea Padilla ha avanzado un poco en restarle al doloroso espectáculo aspectos de crueldad inaudita: se sabe que las aves son sometidas al encierro permanente, el aislamiento y ejercicios que enervan y “preparan” al gallo para su pelea mortal; como si fuera poco los someten a afeites y reemplazo de sus espuelas por pequeños puñales y en el momento de la lid a bebedizos alcohólicos y otros menjurjes. Agregan los enloquecidos espectadores sus griterías estridentes y trucos profesionales para dirimir las victorias. Y el gallo, ahí, dispuesto a una agonía dolorosa mientras los apostadores reparten las ganancias del sacrificio injusto.

La iniciativa tramitada en el Concejo de Bogotá, trata de disminuir las crueldades pero el objetivo digno ha de ser terminar con esa tradición que en nada contribuye a la paz entre humanos que hace rato buscamos.

Fuente: Fundación Amigos del Planeta.

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