Como una fatal ratificación de lo comentado la semana anterior, un terremoto ha estremecido nuevamente el territorio colombiano, pocas semanas después del desastre telúrico ocurrido en Venezuela.
Con una magnitud de 7,4 grados y epicentro en la región del Chocó, el movimiento sísmico tuvo repercusiones en buena parte del país y dejó graves afectaciones, especialmente en el occidente colombiano. Antioquia, Valle del Cauca, Cauca, la zona cafetera, Tolima y, por supuesto, Chocó, se encuentran entre las regiones más afectadas. Destrucciones urbanas, desplazamientos humanos, personas fallecidas, miles de heridos y desaparecidos hacen parte de las cifras preliminares de esta emergencia nacional, mientras aún faltan reportes de numerosos municipios, especialmente de la región del Pacífico chocoano.
A esta tragedia se suman, de manera simultánea, incendios forestales de gran magnitud que continúan afectando territorios de Antioquia, Caldas, Santanderes, Cundinamarca y Tolima, donde se han registrado numerosos focos activos. Entre sus causas se encuentran las condiciones asociadas al cambio climático, los periodos de sequía, el fenómeno de El Niño y prácticas agrícolas como las quemas realizadas para preparar terrenos y cambiar cultivos.
Insistimos: buena parte de estos fenómenos de destrucción y crisis también tienen una relación directa con las acciones humanas. El cambio climático está transformando nuestros ecosistemas, alterando los regímenes de lluvia, intensificando las sequías y modificando las condiciones del suelo y del subsuelo. A ello se suman prácticas como las fumigaciones indiscriminadas, el fracking y otras actividades que generan impactos profundos sobre el equilibrio ambiental.
Pero en medio de la tragedia también surge algo que nos recuerda nuestra capacidad de proteger la vida: la solidaridad.
Después de un movimiento sísmico, la solidaridad humana se extiende no solamente hacia las personas afectadas, sino hacia todas las formas de vida que hacen parte de nuestro planeta. La flora y la fauna también sufren las consecuencias de estos desastres y, muchas veces, quedan atrapadas bajo los mismos escombros.
En las labores de rescate, seres humanos y caninos entrenados se convierten en protagonistas. La inteligencia, preparación y sensibilidad de los rescatistas, junto con el extraordinario instinto de los perros, permiten localizar y salvar vidas que permanecen sepultadas bajo toneladas de escombros.
Es entonces cuando la naturaleza nos muestra una de sus mayores lecciones: no estamos separados de ella.
Hombres y canes trabajando juntos para encontrar, rescatar y proteger la vida representan mucho más que una operación de emergencia. Representan una alianza entre especies, una expresión de solidaridad y un recordatorio de que todas las formas de vida están conectadas.
Porque cuando ocurre una tragedia, no debería importar si quien necesita ser salvado camina en dos patas, en cuatro, vuela o se arrastra.
Toda vida importa.
Y protegerla también es nuestra responsabilidad.
