Por: Moncada D. Rudolf K.
Detrás de la mirada cálida y leal de un animal de compañía se esconde, en demasiadas
ocasiones, una tragedia silenciosa que la sociedad no siempre alcanza a dimensionar. En las
sombras de los criaderos comerciales, seres capaces de sentir afecto, miedo y dolor son reducidos
a mercancías, simples objetos o instrumentos, cuya existencia se mide y se valora únicamente por
su rentabilidad, su valor comercial y la demanda del mercado.
Lo que para algunas familias representa la alegría de recibir a un animal de compañía o
apoyo emocional, para miles de perros, gatos, conejos, roedores y diferentes animales, significa la
continuidad de un calvario invisible, en el prevalece el insaciable afán de lucro de la naturaleza
humana.
Sin embargo, vale la pena cuestionar el término “invisible”. Si bien muchos desconocemos
los procesos internos de reproducción y cría en ciertos establecimientos comerciales, quienes
hemos visto animales exhibidos en vitrinas sabemos que las condiciones de hacinamiento y
salubridad suelen ser, como mínimo, cuestionables. A esto se suma la alarmante constancia con la
que se suministran nuevas crías, pero, como sociedad, decidimos ignorar deliberadamente estas
señales, justificando nuestra indiferencia bajo la excusa de que estos pequeños son “adorables” o
de que estas prácticas resultan “necesarias” para satisfacernos.
La cara más desgarradora de este negocio la sufren las hembras reproductoras, convertidas
en verdaderas máquinas de cría. Sometidas a ciclos continuos e ininterrumpidos de gestación, sin
los descansos biológicos necesarios, son explotadas hasta comprometer gravemente su salud física
y emocional. A ello se suman el confinamiento en espacios insalubres, la alimentación inadecuada,
las practicas endogámicas, el contagio de enfermedades y la ausencia total de cuidados veterinarios
esenciales. Su capacidad de dar vida, lejos de ser respetada, se transforma en un mero instrumento
económico.
Como denunciaba Jacques Derrida en El Animal Que Luego Estoy nos encontramos en
una estructura de sometimiento caracterizada por la “reducción del animal no solamente a la
producción y a la reproducción sobre activada […] al servicio de cierto ser y supuesto bienestar
humano
”
, al mismo tiempo que, como sociedad, buscamos encubrir, justificar y tachar de
necesarios estos métodos de violencia sistémica por parte del mercado, todo con el “fin” de
satisfacer las supuestas necesidades del hombre.
Esta realidad trasciende la simple negligencia: evidencia una forma metodica de
explotación sexual animal, en la que el sufrimiento de un ser sintiente se convierte en el precio que
otros están dispuestos a pagar por obtener ganancias.
En Bogotá, las intervenciones del Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal
(IDPYBA) y la Policía han puesto de manifiesto la gravedad de los criaderos clandestinos, en los
que se han encontrado animales hacinados entre excrementos, enfermos y expuestos a condiciones
incompatibles con la vida. Estos escenarios revelan una contradicción inaceptable: mientras la
sociedad y nuestro ordenamiento jurídico – constitución- reconoce cada vez más a los animales
como seres sintientes que merecen amparo, persisten prácticas comerciales que subordinan su
integridad a la demanda impulsiva de cachorros.
La Declaración Universal de los Derechos del Animal constituye un referente ético frente
al maltrato, mientras que la Ley 7 de 2023 en España y la Ley 2480 de 2025 (conocida como Ley
Kiara) en Colombia representan pasos fundamentales hacia el reconocimiento de los derechos de
los animales. En especial, el artículo 17 de la ley colombiana establece prohibiciones claras sobre
“la reproducción, crianza y comercialización en establecimientos de cuidado animal.
” Sin
embargo, ninguna norma será suficiente si no se acompaña de instituciones efectivas, que ejerzan
las funciones de control y vigilancia permanente, con facultades sancionatorias propias. La ley no
puede quedarse en letra muerta mientras el sufrimiento continúa oculto tras las puertas de un
criadero.
No obstante, reconozco y por ello, propongo como solución, transformar nuestros hábitos
de consumo, desde el ejercicio consciente y ético, del cuidado hacia el ser vivo, indistintamente
de la especie.
Comprar un animal sin cuestionar su procedencia contribuye, directamente, a sostener
mercados que se alimentan de la explotación y el dolor. Por ello, la adopción responsable debe
promoverse como una alternativa ética y compasiva, acompañada de educación ciudadana y de
una exigencia firme hacia las autoridades.
En definitiva, una sociedad verdaderamente comprometida con la empatía y el cuidado no
puede tolerar que la vida se convierta en una mercancía. Erradicar esta realidad requiere voluntad
institucional, responsabilidad ciudadana y una legislación aplicada con absoluto rigor. Porque
ningún beneficio económico puede justificar el sufrimiento de un ser sintiente, y la dignidad animal
debe prevalecer siempre sobre cualquier interés comercial.
